No se si fue la velocidad
del paso de los trenes
o de las ambulancias.
Pero vio líneas interminables
que envolvieron
a todos los objetos que la rodeaban.
Decidió dejar de fijar la mirada
en las viñetas elásticas que se iban desfigurando
porque ya no era gracioso olvidar una cara,
menos feliz era verla cada noche de su vida.
Justamente, en aquel momento de ensueño,
recordó que elevar los párpados
era ejercicio de pocos.
Esa chica insistía en volcarse sobre sus propios brazos,
para esconderse
y luego así,
oscurecer la habitación.